Biblioteca de aula

Biblioteca de aula: el día día lector

Este curso hemos entrado y salido de muchas escuelas. Hemos pasado tiempo en las aulas, hemos observado, hemos escuchado y hemos visto cómo los libros están presentes de maneras muy diferentes.

Hay bibliotecas de aula muy cuidadas; otras son más discretas, más funcionales, más escondidas en el ritmo del día a día. En algunas, los libros parecen moverse constantemente; en otras, cuesta más percibir ese movimiento. Con el tiempo, sin embargo, la sensación que nos queda no tiene tanto que ver con cómo es la biblioteca, sino con lo que ocurre en ella. Hay niños que se acercan a menudo, que cogen libros sin que nadie lo indique, que los abren, los dejan, los vuelven a coger. Otros pasan de puntillas. Hay libros que circulan mucho y otros que parecen quedarse siempre en el mismo lugar. Y hay momentos en los que la lectura aparece sin haberla anunciado, casi como una continuación natural de lo que ya estaba pasando. 

En educación infantil, esta relación con los libros a menudo se construye desde el cuerpo y desde la voz. Vemos niños que escuchan, que repiten, que anticipan. Libros que se vuelven a contar una y otra vez hasta formar parte de un pequeño repertorio compartido. Y, al mismo tiempo, hay otra cosa que nos hace pensar. La presencia del libro es muy clara, pero la de la oralidad no siempre tanto. Las canciones, los juegos de falda, las retahílas, los cuentos contados sin soporte… están, pero no siempre ocupan un lugar central. A veces parece que el libro haya ido ocupando ese espacio, como si concentrara muchas de las formas de contacto con el lenguaje literario. No sabemos bien si es una sustitución, una transformación o simplemente un desplazamiento. Pero es una presencia que se repite. 

En primaria, en cambio, el movimiento es otro. Hay más autonomía, más recorrido, más posibilidad de elección. Pero también aparecen dinámicas que llaman la atención. En muchas aulas, el manga está presente —no tanto en la biblioteca de aula, sino circulando entre el alumnado— pasando de mano en mano con mucha facilidad. Vemos que tiene una entrada muy directa en la experiencia lectora de los niños. 

Y, al mismo tiempo, a menudo percibimos cierta distancia por parte del adulto. No siempre es un rechazo explícito, pero sí una incomodidad, una duda, una sensación de no acabar de saber cómo situarlo. Mientras tanto, la narrativa —la que tradicionalmente había ocupado un lugar más central— parece, en algunos casos, quedar en un segundo plano.

Y en este desplazamiento aparecen preguntas que no siempre tienen una respuesta clara. 

¿Cómo conviven estos diferentes lenguajes dentro de la biblioteca? 
¿Cómo acompañar aquello que los niños eligen sin perder otros caminos posibles? 
¿Qué papel tiene el adulto en este equilibrio? 

En todas las etapas, hay una sensación que se repite: la biblioteca de aula no es tanto un espacio resuelto como un lugar en construcción constante. 

Vemos docentes que prueban cosas pequeñas: mover libros, cambiarlos de lugar, introducir nuevos, recuperar otros olvidados. Leer en momentos no previstos. Abrir espacios más libres o, por el contrario, sostener propuestas más guiadas para ver qué sucede. Y no siempre es evidente qué funciona. Hay días en los que parece que no pase nada. Y, sin embargo, al cabo de un tiempo, un niño o una niña vuelve a buscar ese libro. O lo reconoce. O lo recomienda. 

Quizá es en estos pequeños gestos, difíciles de prever y de explicar, donde se va construyendo la relación con la lectura. Y quizá la biblioteca de aula es, sobre todo, eso: un lugar donde pasan cosas que no siempre sabemos cómo han empezado.

Diario de campo es un espacio de reflexión a partir de les vivencias, situaciones, entornos y relaciones del trabajo del día a día en Tantàgora con escuelas e institutos.