Clubes de lectura
Cuando los docentes también entran en el círculo de la lectura
Este curso hemos tenido la suerte de acompañar a dos escuelas en procesos de fomento de la lectura y mediación literaria: Patronat Domènech y La Taranta.
Han sido dos contextos muy distintos, pero con una intuición compartida: para transformar la relación de los niños y niñas con la lectura, primero es necesario que los adultos de la escuela puedan volver a habitar los libros desde un lugar vivo, personal y compartido.
En Patronat Domènech hemos puesto en marcha un club de lectura para el claustro. En La Taranta, en cambio, la propuesta se multiplicó en tres clubes paralelos: uno con docentes, otro con familias y otro con alumnado. Tres espacios simultáneos que, de algún modo, acababan dialogando entre sí gracias a las lecturas compartidas.
Y quizá esta sea una de las experiencias más interesantes de este curso: comprobar cómo la cultura lectora de un centro no se construye únicamente desde la biblioteca o desde las clases de lengua, sino también a través de la circulación de conversaciones, gestos, recomendaciones y experiencias compartidas entre las personas que forman la comunidad educativa.
El club de lectura como espacio de mediación
En los clubes dirigidos al claustro, las sesiones no se plantearon únicamente como espacios para recomendar libros. La intención era otra: ofrecer experiencias de mediación literaria para adultos. Que los docentes pudieran vivir en primera persona situaciones que después pudieran trasladar al aula, pero sin la presión inmediata de tener que convertirlas en un recurso didáctico.
Leer antes de pensar: «¿Cómo voy a trabajarlo?».
Leer antes de buscar una actividad.
Leer, simplemente, como quien entra en una conversación.
A lo largo de los encuentros hemos trabajado con formatos y géneros diversos —álbum ilustrado, narrativa, libro informativo, cómic— y hemos prestado especial atención a las formas de conversación que nacen alrededor de los libros: las preguntas que abren posibilidades, las asociaciones inesperadas, la memoria lectora, la construcción de vínculos.
Algunas sesiones partieron del descubrimiento autónomo del fondo bibliográfico. Otras, de las relaciones entre libros o de itinerarios lectores construidos colectivamente. En muchas ocasiones, la conversación literaria se desplazó de forma natural hacia experiencias personales, recuerdos de infancia, maneras de leer o incluso formas de habitar la escuela.
Y es ahí donde suele ocurrir algo importante.
Cuando la lectura deja de ser solo contenido y se convierte en una experiencia compartida, aparece otra calidad de presencia. Otra manera de escucharse dentro del claustro.
Lo que ocurre cuando los adultos leen juntos
Este curso hemos observado, una vez más, que los clubes de lectura entre docentes generan transformaciones sutiles pero profundas.
Para empezar, se crea un lenguaje compartido en torno a los libros y a la mediación literaria. Las conversaciones sobre lectura dejan de estar confinadas a unas pocas personas especialmente lectoras y comienzan a circular por el centro con mayor naturalidad.
También se produce una ampliación real del conocimiento del fondo bibliográfico. Docentes que afirmaban «yo no sé recomendar libros» terminan llevando álbumes bajo el brazo por los pasillos o entrando en la biblioteca para enseñar un libro a una compañera.
Pero probablemente lo más valioso sea otra cosa: aumenta la confianza.
Confianza para leer en voz alta.
Para sostener conversaciones menos dirigidas.
Para no tener que tener siempre preparada una interpretación correcta.
Para permitir que los libros formulen preguntas, y no solo ofrezcan respuestas.
Hacer un lugar para la lectura en la escuela
A menudo, cuando hablamos de fomento de la lectura, pensamos en planes, estrategias o actividades. Y, por supuesto, todo eso es importante. Pero este curso hemos vuelto a confirmar que existe una dimensión menos visible y, sin embargo, imprescindible: generar tiempos y espacios para que la lectura pueda existir en la escuela como una práctica cultural compartida.
No solo curricular.
No solo instrumental.
Compartida.
Quizá los clubes de lectura tengan que ver precisamente con eso: con crear un pequeño espacio de pausa dentro del ritmo acelerado de la escuela. Un lugar donde los libros no entran únicamente para ser trabajados, sino también para ser escuchados, debatidos, cuestionados y recordados. Y cuando eso sucede de forma sostenida, sus efectos suelen expandirse mucho más allá de las sesiones. A veces empiezan alrededor de una mesa llena de álbumes abiertos. Y después continúan, silenciosamente, en muchos otros rincones de la escuela.
En Tantàgora llevamos tiempo pensando los clubes de lectura y los espacios de mediación literaria desde esta perspectiva: no como una actividad puntual, sino como una manera de acompañar la construcción de comunidades lectoras dentro de los centros educativos. Cada escuela lo necesita de una forma distinta. Y precisamente ahí es donde empieza la conversación.
Diario de campo es un espacio de reflexión a partir de les vivencias, situaciones, entornos y relaciones del trabajo del día a día en Tantàgora con escuelas e institutos.