Cómo acompañar a los lectores
¿Y si los libros que leen tus alumnos no te gustan?
Este septiembre, un docente me hizo una pregunta que se me quedó rondando por la cabeza:
¿Cómo puedo acompañar a aquellos alumnos que leen géneros que a mí no me gustan y de los que no soy un gran conocedor?
Es una buena pregunta. Y, de hecho, creo que nos lleva directamente al centro de lo que significa ser mediadores literarios. Cuando, como docentes, hacemos de mediadores, procuramos que nuestros alumnos establezcan vínculos con la literatura y con la lectura. Y es muy bueno que nos gusten los libros que recomendamos, que podamos hablar de ellos con entusiasmo y que tengamos lecturas que compartir. Pero no siempre será así. Porque no podemos conocerlo todo. Y tampoco tiene por qué gustarnos todo. Quizá una primera opción sea, simplemente, ser sinceros. Decirle a ese alumno: «Este género no lo conozco mucho» o «No es un tipo de libro que suela leer». Y añadir: «Si me lo dejas, me lo leo y después hablamos de él». Y ahí ya está pasando algo importante. No solo nos estamos comprometiendo a leer un libro. Estamos aceptando entrar en el mundo lector de otra persona. Y eso, en mediación literaria, es muy potente. Porque el alumno deja de ser únicamente alguien que recibe recomendaciones del docente y pasa a ser también alguien que puede compartir, recomendar y abrirnos las puertas a lecturas que nosotros no conocemos.
Es cierto que quizá nos dé pereza. Puede que no nos apetezca nada leer ese género. Pero si tenemos claro que el objetivo no es conseguir que el alumno lea nuestros libros, sino ayudarlo a construir un vínculo propio con la lectura, quizá esa pereza pese un poco menos. Y después llega la parte más interesante: hablar del libro. Y aquí debemos tener cuidado de no ponernos automáticamente el sombrero de docente. Podemos hablar de esa lectura como lo haríamos de un libro con un amigo: de manera desinhibida, sin sentencias, preguntando a la otra persona qué le ha parecido, escuchando y dejándonos recomendar más cosas. No hace falta tener siempre una respuesta ni convertir la conversación en una actividad de comprensión lectora. Podemos, simplemente, hablar de lo que nos ha gustado, de lo que no, de lo que nos ha sorprendido o de lo que no hemos acabado de entender. Una conversación en la que todo el mundo pueda decir lo que piensa sin sentirse juzgado, en la que nuestra opinión no pese más por el simple hecho de ser adultos o docentes. Porque es precisamente ahí donde crece el vínculo.
Cuando mostramos un interés genuino por las lecturas de nuestros alumnos, cuando los escuchamos hablar de los libros que les entusiasman, cuando compartimos una conversación literaria de igual a igual, les estamos diciendo algo muy importante: tu experiencia como lector me interesa. Y quizá, a partir de ahí, podamos recomendarles otros libros.
Quizá algunos que conocemos muy bien, que sabemos que son buenos y que pensamos que pueden gustarles. Pero eso ya llegará después. Y, sobre todo, que no se nos vea el plumero. Si toda la conversación sobre el libro que les gusta acaba sirviendo para conducirlos hacia el libro que nosotros queríamos que leyeran desde el principio, probablemente se darán cuenta. Pero si realmente nos interesa saber qué leen, por qué lo leen y qué encuentran en esas lecturas, la recomendación llegará de otra manera. Y será mucho más fácil que la escuchen.
¿Y si resulta que siempre nos encontramos ante un género que no nos gusta?
Pues quizá nos toque hacer los deberes. Es difícil pensar que dentro de cualquier género no haya lecturas de calidad. Solo hay que encontrarlas. Podemos preguntar a libreros y libreras especializados, a prescriptores literarios, a otros docentes, a bibliotecarios y a lectores que conozcan ese territorio literario mucho mejor que nosotros. Y quizá, de paso, también nosotros descubramos lecturas inesperadas. Porque quizá ser mediador literario no signifique tener siempre la respuesta ni conocer siempre el mejor libro para recomendar. Quizá signifique, sobre todo, tener curiosidad por las lecturas de los demás y estar dispuestos a dejarnos llevar, de vez en cuando, por caminos literarios que no habríamos elegido nosotros.
Diario de campo es un espacio de reflexión a partir de les vivencias, situaciones, entornos y relaciones del trabajo del día a día en Tantàgora con escuelas e institutos.