Lola Anglada, el ideal silenciado

Montserrat Castillo

Sólo su longevidad salvó a Lola Anglada  de morir en el ostracismo, el exilio interior, la prohibición y la censura que llevan al olvido, olvido orquestado por el más cruel, rudo y maligno franquismo. La victoria del general Franco significó la ruina de tota forma de libertad y de democracia en el Estado Español y la ruina de muchas vidas.  Para Lola    (Dolors Anglada i Sarriera – Barcelona 25 de octubre de 1892- Tiana  12 de septiembre de 1984) , el mismo infierno.  Cuando le avisaron de que era buscada por la policía y que su vida corría peligro, se negó a marchar al exilio y vivió clandestina.  “Roja, separatista, peligrosa” constaba en su ficha policial.  “Separatista” usado como cargo y como insulto, califica a cualquier catalán que ame Catalunya, la defienda y luche por sus libertades, acusación genérica, de lo más común en el franquismo y todavía no extinta. ¿Pero, era además “roja y peligrosa” aquella soltera menuda y frágil, un tanto aniñada, camino de la cincuentena de años?  ¿O lo suficiente para que peligrara su libertad, su patrimonio e incluso su vida?  ¿Era líder anarquista, miliciana comunista? ¿Pertenecía las cuadrillas que perseguían facciosos en la retaguardia republicana y que causaron muertes no sólo ilegales, sino injustas? ¿Lanzaba bombas en las escuelas, a los alumnos en clase? No, eso lo hacían Franco y sus aliados. Ella era ilustradora y autora de libros para niños; incluso es dudoso que fuera de izquierdas.

Lola nació en el seno de una familia acomodada de Barcelona, conservadora y culta, que proporcionó educación a sus hijos y profesores particulares para desarrollar sus tendencias creativas. En el caso de nuestra artista: el dibujo.

Soñadora y fantasiosa, enfermiza en su niñez, pasó largas temporadas recluida en casa o en la casa solariega que la familia poseía en Tiana, en la Serralada Litoral, altivo mirador marítimo del Maresme. El tiempo libre a su disposición le forjó un carácter imaginativo y solitario,  pero no se mantuvo ociosa. Dibujaba lo que observaba desde la galería que daba a la calle, el ir y venir de vecinos, el trasiego de carros y carretones, el comercio en locales y el ambulante, los pastores con rebaños de cabras vendiendo leche fresca de puerta en puerta. Dibujó el paisaje  de Tiana y su jardín, lleno de bestezuelas y plantas que convirtió en compañeros de juego. El dibujo le permitía dar vía libre a su mundo interior, privado  y luminoso, pacífico, pletórico de belleza, un mundo en el cual los sueños se realizaban y ella departía con florecillas dotadas de rostro, manos y pies y un bien definido carácter. En él, salvo algunas rencillas de poca importancia, plantas y animales eran de buen talante, y el universo tan imaginado como vivido de Anglada niña se llenó de ingenua harmonía.

Tuvo excelentes profesores de pintura y dibujo: Antoni Utrillo y Joan Llaverias, que encauzarían su innato don creativo y la formarían en el dibujo a la pluma y en la acuarela. Llaverias propició que, a finales de 1910, contribuyera profesionalmente en  la revista satírica ¡Cu-cut  y, a continuación, en la infantil: En Patufet. La calidad de sus aportaciones, ciertamente notoria y rápidamente aplaudida, y la novedad que representaba una firma femenina dentro de un universo exclusivamente masculino, hizo que,  en 1911, ¡Cu-cut! le dedicase un artículo glosando su precocidad y maestría.

Sólo su longevidad salvó a Lola Anglada de morir en el ostracismo, el exilio interior, la prohibición y la censura que llevan al olvido, olvido orquestado por el más cruel, rudo y maligno franquismo

En 1912, con su maestro Joan Llaverias,  expuso dibujos y acuarelas,  bajo el lema: “La Montanya del Misteri” (Montserrat) en el salón: el Faianç Català.  En el mismo Faianç, y ya en solitario, en 1916, expuso ilustraciones realizadas sin encargo editorial,  para cuentos de Perrault y de Oscar Wilde. Esta  exhibición  y la que hizo al año siguiente en el salón de La Publicidad, le proporcionaron notoriedad. Ella, sin embargo, y consciente  de su juventud, continuaba formándose.

Asistió a clases en Llotja (Escola d’Arts i Oficis i Belles Arts de Barcelona) y en la Academia de Francesc Galí, donde trabó amistad y compartió un estudio con jóvenes promesas que llegarían a adquirir renombre: Enric Cristòfol Ricard, Joan Francesc Ràfols  y Joan  Miró, que devino uno de los artistas más prestigiosos y cotizados del mundo. Compañeros que le influyeron no tanto artísticamente, como en ampliar  ambición y horizontes artísticos. En el estudio trabajaban, debatían sobre arte y, por encima de todo, planeaban viajar a París, meca artística mundial desde mediados del siglo XIX, y que había atraído ya un par de generaciones de catalanes. El referente creativo de Cataluña era Barcelona y el referente de Barcelona: París. Tour que emprendieron tan gran número de artistas, que llegó a ser condición sine qua non de todo aquel que se preciase de serlo.

Lola Anglada también anhelaba hacer ese viaje, pero  se encontró con la oposición de su conservadora familia y tuvo que soportar incomprensión y maledicencia: una joven de su posición, no podía corretear sola o, peor, acompañada de bohemios, por la capital más liberal, transgresora y excesiva de Europa. Parte de la sociedad catalana, progresista y sensible, educada en los valores del Modernismo, había recibido con entusiasmo la presencia de una joven creativa como Lola, pero otra, anticuada e inculta, consideraba que hacer exposiciones, publicar y aparecer en revistas eran extravagancias sin sentido, impropias de una dama.

Cuentos de Oscar Wilde

Mientras tanto,  empezó a ilustrar para Editorial  Muntañola, recientemente creada por el también dibujante Antoni Muntañola, con la voluntad de proporcionar a los lectores más jóvenes álbumes modernos, imágenes a toda página y color, texto breve; una revolución en el ámbito editorial, por la cual recibió el aplauso de crítica y pedagogos, y la acogida más cálida por parte de los lectores, pero escaso rendimiento económico.  En 1917, Anglada publicó: Magraneta, Les taronges d’Or, La Pau de casa, Blanca Neus i altres, y en 1919:  La hija de la luna y Leyendas de Oriente. Ilustración primeriza que sorprende por su extraordinaria calidad y refinamiento de las ilustraciones. Ésta y las que expuso en el  Faianç, manifiestan no solamente dominio del dibujo a la pluma y de la acuarela, también la influencia de autores de su preferencia: Arthur Rackham, Edmund Dulac i Aubrey Beardsley, no ignorados en los ambientes artísticos barceloneses.

Finalmente, en la primavera de 1921, Lola viajó a Paris, acompañada por su madre y su hermana Conxita.  Al fin y al cabo, viajar a Paris era lo que hacia la burguesía catalana, pero quince días no bastaban a Lola, que marchó cargada de dibujos y acuarelas para presentar a editores de la capital francesa y abrirse camino profesional. No regresó cuando lo hizo su familia y su apuesta por el futuro se vio rápidamente premiada. Armada con su obra y esgrimiendo un excelente francés, visitó la prestigiosa editorial Hachette, que le hizo un encargo inmediato y la tomó en exclusiva.  Pronto, fue admitida en la Societé dels Desinateurs Humoristes y ganó una beca de estudios del estado francés. Editorial Lafitte le ofreció un contrato que incluía un estudio privado en el edificio de la editorial, pero ella no aceptó, quería moverse más libremente como artista, aunque el precio fuera vivir austeramente. El hecho era que París amaba a Lola y a su obra y ella, a pesar de volver frecuentemente a Cataluña, pasaba largas temporadas en París, trabajando también para las editoriales Nathan y Roudanez, que admiraban los libros que la sociedad catalana, impregnada de ideal Noucentista, producía para los escolares. De Librairie Hachette destacamos: La Chatte Blanche (1926) y L’Oisseau Bleu (s.d.) de  Madame d’Aulnoy,  Le Bon Roi Ortolan (1929) de H. Monguet,  Histoire de Blondine (1930) Histoire de Rosettte (s.d.) y Le Bon Petit Henri (1931) de la Comtesse de Ségur; de Librairie Classique Fernand Nathan: La Récitation Française a l’École. (Cours élémentaire, Cours moyen et supérieur) (1924 y 1925); de Roudanez Editeur: Chansons du coleur du temps (París, s.d).

Entre París y Barcelona, Lola Anglada se consagró en los años veinte a treinta del siglo. Dibujó para la revista Feminal, el magazine: D’Ací D’Allà, las revistas infantiles: En Patufet, La Mainada, Jordi, La Rondalla del Dijous, Virolet; también para Joventut Catalana y Centre Excursionista Els Blaus

Además de recuperar a sus compañeros de estudio y tratar a buena parte de la bohemia allí agrupada, en París trabó amistad con Josep Clarà, Joan y Juli González y Francesc Macià, futuro Presidente de la Generalitat de Catalunya recuperada, en el exilio por sus ideas políticas durante la Dictadura de Primo de Rivera. También en París se aficionó a coleccionar muñecas, colección iniciada por su abuelo, reuniendo ella, a la larga, la más importante colección de Catalunya que, en su vejez, donó a la Diputación de Barcelona.

Entre París y Barcelona, Lola Anglada se consagró en los años veinte a treinta del siglo.  Dibujó para la revista Feminal, el magazine: D’Ací D’Allà, las revistas infantiles: En Patufet, La Mainada, Jordi, La Rondalla del Dijous, Virolet; también para Joventut Catalana y Centre Excursionista Els Blaus. En Virolet, revista infantil muy ilustrada, innovadora para su época, creó “Peret”, futuro protagonista de un libro suyo de gran éxito. Fundó la revista: La Nuri, (1925) para proporcionar un espacio donde las niñas fueran protagonistas de las aventuras y no simpes comparsas. Pintora autodidacta, en 1925, exponía en las Galeries Dalmau y en Can Parés, en 1927.

Las décadas de los años veinte y treinta, hasta la Guerra Civil, le devienen prodigiosas. Entre otros títulos ilustrados por ella destacamos:  La nau de les veles d’or (1925) de J. Massó; La llàntia meravellosa d’Aladí (1926) en versión de Trilla i Tostoll; Alícia en terra de meravelles (1927) de Lewis Carrol (traducción de Josep Carner); Nick, conte de mitja nit (1930) de Carme Karr, o la Col·lecció Follet de Editorial Políglota (1933).

Margarida

Su vocación iba más allá de la ilustración –en 1915, escribió e ilustró “Floriana” un libro nunca publicado- y consideraba un deber ofrecer a niños y niñas, relatos divertidos, menos moralizantes que los que escribía el prolífico Josep M. Folch i Torres y así empezó a escribir, ilustrar y editar sus propios libros, decidiendo incluso formato y tipografía: Contes del Paradís (1920), El Parenostre interpretat per a infants (1927), En Peret (1928), Margarida (1928), Monsenyor Llangardaix (1930), Narcís (1930),  Contes d’argent (1934).

Lola Anglada devino uno de los pilares de la segunda generación Noucentista y su representante más popular. Llevada por el ideal Noucentista de formar una generación más cívica, culta, libre y democrática que las precedentes, escribió obras de teatro infantiles, para las que diseñaba decorados y figurines. Dió forma y referente plástico a la Catalunya ideal soñada por tantos catalanes,  Cataluña que, paso a paso, y a través de la red de bibliotecas, la renovación escolar, arquitectónica y plástica, a través de la lucha sindical y obrera y las nuevas propuestas políticas, se iba construyendo. La obra de Lola Anglada constituyó un referente con el que se identificaban y reconocían los niños y a través de ellos, la población entera.

En los años treinta, y gozando de un prestigio incontestable que le permitía todo tipo de iniciativas, comenzó a investigar y a documentar el pasado catalán ochocentista y setecentista.  Interés basado en sus preferencias más recónditas. Nacer en el viejo caserón de la calle Mercaders, propiedad de los abuelos, en el corazón de la Barcelona medieval que, a partir de la Reforma de Via Laietana, se conocerá como Barri Gòtic,  vivir en la casa solariega de Tiana (del siglo XVII) ambas dotadas de mobiliario noble y venerable, incentivó su interés por el pasado, así como una profunda nostalgia de su infancia. Idealizó la época dorada de la niñez, permanente fuente de inspiración para ella, pero no le nubló su genuino interés por la historia y así, como ilustradora del pasado, se documentó ampliamente y profunda sobre los ambientes, moda y utensilios propios de cada época.  Fruto de semejante esfuerzo fue la exposición: «Visions de la Barcelona Vuitcentista» (Casa de l’Ardiaca, 1933) de gran aceptación y que llevó a la recuperación de antiguos grabados y a la creación de nuevos de temática semejante. A continuación, y trabajando mano a mano con el historiador Francesc Curet, emprendió una ambiciosa tarea:  la investigación e ilustración de Visions Barcelonines, en diez volúmenes, que no empezarían a ver la luz hasta los años cincuenta y después de superar todo tipo de censura, restricciones y dificultades.

Durante la Guerra, no formó parte del  Sindicat de Dibuixants, al no compartir sus ideales revolucionarios. Creía prioritario proteger la República y la Generalitat catalana ganando la guerra, que ceder a inveteradas reclamaciones de derechos, nunca atendidas, y que llevaron a buena parte de la población española a la desesperación y a la revuelta. A pesar de su marginación voluntaria, Lola Anglada no dejó de dibujar, ya que era su forma de estar en el mundo. La libertad que representa la nula pretensión de publicar, le llevó a realizar un testimonio gráfico de primer orden del desgraciado ambiente urbano de guerra y postguerra: milicianos y brigadas internacionales, la marcha al frente, el ejército de ocupación, las masas ambientas y aterrorizadas, la tortura, los fusilamientos y la omnipresente represión.

Lola Anglada devino uno de los pilares de la segunda generación Noucentista y su representante más popular

El més petit de tots

Pero no todo fue silencio durante la contienda, además de colaborar a L’Estel, Lola aceptó el encargo del Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya, de escribir e ilustrar un libro infantil: El més petit de tots  (1937), que le conllevaría graves consecuencias. El Comissariat editaba para suplir la menguante publicación para niños, consecuencia de los bombardeos, la penuria económica y el bloqueo que impedía llegar materiales.  El “més petit de tots”, tomado de una canción tradicional: “Els tres tambors”, se había ideado como símbolo de la resistencia republicana frente al fascismo: un niño vestido con mono de miliciano y cubierto por un gorro frigio (símbolo de la República), figura realizada por el escultor Paredes, de la que se vendieron 60.000 copias en todo el mundo, para sufragar los gastos de guerra.

Lola Anglada, fiel a su estilo, aprovechó la ocasión para educar a  los jóvenes lectores en valores solidarios, cívicos y democráticos, difíciles de mantener en la carestía y violencia de la guerra, y proponer un final de reconciliación, paz, respeto y hermandad. Como es público y notorio, el fin de la guerra no fue así.  A la violencia de trincheras y bombardeos, siguió la del exilio, el expolio, la caza de brujas, la represión política, religiosa y económica y, en el caso de Cataluña, una obsesiva, feroz y enfermiza persecución cultural e identitaria.

Autores y ilustradores que habían colaborado en la prensa catalana y en editoriales que publicaban en esa lengua, se encontraron sin trabajo. Además de la ruina que representó la guerra, toda edición en catalán estaba y estuvo prohibida durante larguísimos años y, en un primer momento, solo salían revistas y diarios oficiales del nuevo Régimen. Muchos creadores fueron perseguidos por su aportación a la cultura catalana, el caso de Lola Anglada.  Prohibida su presencia pública, tuvo que vivir oculta en Tiana, bajo la protección del primer alcalde fascista, que le salvó de dar con sus huesos en la cárcel.

El exilio, la cárcel y los fusilamientos no parecieron suficiente a la Dictadura y se aplicó el “pacte de la fam” (el pacto del hambre) a los vencidos. La represión económica suele ser más efectiva que otra cualquiera. Si te ves humillado y arrinconado hasta el punto de padecer hambre, pocas ocurrencias tienes de reclamar tus derechos extintos. Así, los represaliados que salían de la cárcel no encontrarían trabajo, se prohibió ejercer la enseñanza a los maestros de la Generalitat y un largo etcétera. Lola Anglada se encontró en la pobreza. Sus padres habían vivido de los alquileres de los edificios de viviendas que tenían en Barcelona, pero habían sufrido bombardeos. El Régimen franquista nunca indemnizó a los propietarios por las pérdidas, al contrario, obligó a las víctimas a borrar todo rastro de bombardeos. Así, Lola, convertida en cabeza de familia, a raíz de la muerte de sus padres (1940)  vendió los solares de los edificios arrasados por las bombas y empleó el dinero en restaurar los demás. No pudo ejercer su profesión durante años. La Abadía de Montserrat le echó una mano al encargarle láminas de tema religioso y recibió encargos discretos de amistades.

El silencio obligado le llevó a buscar nuevas formas de expresión artística, como la escultura, la pintura al óleo y al fresco, la cerámica, siempre dentro de su estilo personal, paradigma del Noucentisme. Como otros dibujantes, se orientó hacia la ilustración de libros de bibliófilo que, por su escaso tiraje e ínfima influencia pública, padecían menos rigor de la censura franquista.  Así, diez años después de imponerse la Dictadura (1949), logró publicar La Barcelona dels nostres avis y participar en la exposición de la Cúpula del Coliseu. En 1951, expuso en las Galerías Syra y publicó: El Parenostre i l’Avemaria; en 1958, Contes meravellosos y La meva casa i el meu jardí, todos ellos libros de bibliófilo. Hasta 1962, no pudo volver a publicar un libro infantil: Martinet.  Impregnado de nostalgia y soledad, tristísimo, Martinet refleja no sólo el dolor de Lola, sino lo lejos que ella estaba de la infancia del momento. El tiempo había trascurrido y la represión y la soledad habían hecho mella en ella, aunque no en sus ideas progresistas, cívicas y democráticas y aun menos en su leal  y permanente amor por Cataluña.  En una entrevista que, en 1960, le hizo el gran periodista Sempronio (Andreu Avel.lí Artís) Lola clama: “¡Que venga alguien a sacarme de la isla de Santa Elena!” Nadie lo hizo, el franquismo no cedía en su odio inveterado, que convirtió a Lola Anglada en el símbolo de la Cataluña que habría podido ser y que sólo la violencia más terrible impidió que fuese. Sólo en los años setenta, cuando donó su colección de muñecas a la Diputación de Barcelona  y, más tarde, su colección de originales para la realización de un Museo (que no ha visto la luz) recibió cierto reconocimiento y la publicación posterior (1983) por parte de la Diputación de Barcelona del libro Les meves nines. Por entonces, mucha gente creía que Lola Anglada había muerto, pero no, ella vivió para recibir el consuelo del reconocimiento popular, particularmente de los niños, iniciativa del periodista Josep M. Espinás el cual, desde el periódico Avui, en diciembre de 1977, les pedía que enviasen sus dibujos a Lola, ya que era el tipo de cariño que ella necesitaba, más allá de exposiciones y homenajes que le realizaron durante los años de la transición.

Montserrat Castillo

Bibliografía básica:

ANGLADA, L. (2015) Memòries 1892-1984, Edició a cura de Núria Rius Vernet i Teresa Sanz Coll, Barcelona: Diputació de Barcelona.

CASTILLO, M. (2000) Lola Anglada o la creació del paradís propi. Barcelona: Meteora.

CASTILLO, M. (2005) Lola Anglada i l’ideal del llibre. Barcelona: Diputació de Barcelona.

GRANELL, F. (1988) Lola Anglada, Barcelona: Nou Art Thor.

RIUS VERNET, N.; SANZ COLL, T. (2010) Lola Anglada, poderosa memoria. Tiana: Ajuntament de Tiana.

Montserrat Castillo es historiadora y crítica de Arte. Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Barcelona (1977) y Doctorada en Historia del Arte por la misma Uni